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Mara Isabel Amigo Vaca: “Soy una mujer de ciencias y de fe”

Mara es una guantanamera, mujer cubana de fe, sencilla, soñadora, vivaz y alegre, con un sentido del humor tan espectacular que al decirme su nombre completo Mara Isabel Amigo Vaca, se sonrió y expresó “así como lo oyes, con V de rumiante”.

Me dice además que, si las cosas fueran como uno las imagina de jóvenes, hoy sería mi colega o, quién sabe, mi tutora. “Realmente las ciencias no estaban dentro de lo que yo hubiese escogido. Mi sueño era estudiar era Periodismo”, se sincera la Licenciada en Microbiología, Máster en Enfermedades infeccionadas y Analista SUMA.

“Pero en la Vocacional tuvimos que hacer otras cosas, me sumé a un grupo de investigación, y empecé a interesarme por las ciencias. Era pleno período especial, sin corriente, prácticamente sin comida, pero éramos felices. Estudiábamos en grupo, con un candil, porque había un ambiente de superación que te arrastraba”.

El puntillazo llegó con la oferta de carreras. “No llegó Periodismo, y mi papá me sugirió pensar en algunas de las carreras que estaban en el boom, nunca se me olvida la frase, refiriéndose a las carreras de perfil puro que se estudiaban en La Habana, y así fue. Por cosa de Dios, debe ser, pero pedí en primer lugar Licenciatura en Microbiología”.

Decir que cambió su vida es decir poco. Lejos de la familia, en una ciudad nueva, y en una carrera que, en primer año, “te recibe con Matemática, Física, Química de las que duelen… por suerte ya en segundo año iniciaron asignaturas más cercanas a lo que uno cree de la Microbiología, el laboratorio, los experimentos, el microscopio…”

“En tercer año comencé a hacer prácticas en LABIOFAM para mi trabajo de tesis, sobre la vacuna cubana contra el parvovirus canino. Fue una época muy bonita en ese centro con compañeros, tutores, y en medio de laboratorios de otro nivel, en rigurosidad e investigación”, recuerda.

Pudo quedarse en La Habana, en el polo científico donde formó amistades como familia, “pero regresé, a pesar de que en Guantánamo no había una plaza para un microbiólogo…, así fue que me incorporé al SUMA (Sistema Ultra Micro Analítico) como técnico medio en el Centro provincial de Higiene y Epidemiología”.

En ese momento, era una novedad. “Era un laboratorio que comenzaba con fuerza, con equipos instalados de alta tecnología para el diagnóstico de la hepatitis B y C, el dengue y el VIH”.

Era un trabajo de laboratorio pero mucho más. “Tuve que estudiar mucho, y sentí especialmente el compromiso de hacer bien mi trabajo, pues cuando le das a una persona un diagnóstico que le cambia la vida, de VIH por ejemplo, empiezas a entender la responsabilidad que tienes en tus manos.

Un lazo que mantiene, precisa, como voluntaria para atender a personas que viven con VIH en Cáritas Cuba, una institución de la iglesia católica que trabaja con grupos vulnerables.

Los terribles picos

Y entonces el cambio -en forma de COVID-19- vino para el mundo, Cuba, Guantánamo, transformando la vida de millones de personas, entre ellas, la de nuestra entrevistada. “La apertura de un laboratorio de Biología Molecular es muy atractivo para un microbiólogo. No lo pensé: cuando me preguntaron, dije que sí enseguida. Me dolió apartarme del SUMA, pero esto forma parte del crecimiento”, explica.

Los primeros tiempos, justo cuando los números de casos del nuevo coronavirus iban cuesta arriba en Guantánamo, fueron muy fuertes. “La práctica la hicimos en tres meses, y enseguida llegaron junio, julio y agosto, que nos probaron al extremo: eran cientos de muestras por día que debían analizarse en tiempo, y nos superaban”.

Menciona cansancio extremo y sufrimiento. En un entorno pandémico nadie está totalmente a salvo, y es duro. “Y eso que no trabajamos frente a pacientes. Todas esas personas, imagino, sufrieron el triple”, dice.

“Julio del año 2021, detalla, tuvo solamente tres cosas: trabajo, oración y lágrimas. Con la oración me daba ánimos y con las lágrimas dejaba escapar las emociones contenidas por la intensidad del trabajo y lo que vivimos, había fallecidos todos los días, como si diariamente ocurrieran accidentes masivos”.

La pandemia también les picó cerca, los afectó directamente. “Aquí adentro tomamos todas las medidas, pero nuestros trabajadores tienen una vida fuera del laboratorio, y tuvimos a muchos aislados, justo en los momentos más duros”.

En ese momento -confiesa ahora y me cuesta creerlo en ella, tan alegre, entusiasta, de fe- “yo no veía la luz al final del túnel, si te soy sincera, y eso que me gusta pensar que siempre hay una salida… No podía encontrar la alegría y la energía que me gusta darle al trabajo”.

De vacunas y otras luces

La vacuna, reconoce, fue la luz: “Un oasis en medio del desierto, por donde se iba inmunizando se notaba cómo los casos iban disminuyendo, y eso no es ciencia ficción, es una realidad detrás de la cual hay muchos hombres y mujeres de ciencia”.

Y luz en más de un sentido. Estar viva, después de todo, así sea en medio de un nuevo rebrote la ha llevado a repensar muchos aspectos de la vida. “Por ejemplo, ahora te puedo decir que mi esposo es mi héroe. Cuando íbamos a casa solo a bañarnos, él me recogía de madrugada y lo tenía todo listo, el agua caliente. Venía a verme con comida, con sopa caliente, que prefiero cuando hay frío, y se sentaba a verme comer”.

La familia, reconoce, ha sido su pilar de siempre. “Hay sus celos por ahí, de mis hijos, porque le dedico mucho tiempo al laboratorio, y es normal…, pero siempre les dedico su espacio, me encanta conversar con ellos y con mis padres, que me hacen reír muchísimo.

“Pero sí te puedo decir, como novedad, que esta pandemia hizo que recapitulara muchas cosas, me hizo pensar en todo cuanto quiero hacer, como aprender a tejer, bailar más, recuperar el contacto con los jóvenes”, resume.

Sacar lo mejor de las cosas, es lo suyo. Lo aplica, lo vive. El desánimo, entre sus predios, no camina. Ni el cinismo. “Hay gente que a veces dice ¡No te mates tanto, si al final esto tiene su nombre! Mira sí, el centro tiene su nombre, pero cuando estás trabajando, lo que hagas ese día, en ese momento lleva tu nombre y te da a respetar como profesional”.

Y así, asegura, han pensado muchos. Si no, todo lo malo hubiera sido peor. “Por ejemplo, insiste, hay que mostrar a los jóvenes las posibilidades de futuro aquí en Cuba… Si no existieran, muchos jóvenes no se habrían volcado durante la pandemia a investigar, buscar soluciones, crear…

“Y eso, en el fondo, ha sido muy lindo: que Cuba haya tenido que reinventarse, contra todo pronóstico, a pesar de las limitaciones materiales, no solo para sobrevivir sino también para ayudar a otros ¿Por qué no se puede ver futuro en eso? ¿Porque no te rinde económicamente?”, arguye.

“Mira, sostiene, yo soy una cubana de a pie, vengo y voy a mi casa todos los días a pie, y hago los mandados a pie, tengo un teléfono de teclitas, vivo de un salario y tengo familia que sostener, pero no veo la vida con negatividad ni pienso que irse del país sea lo que le va a salvar el futuro a alguien”.

Yo no pude verle el rostro a Mara -cosas de esta pandemia- pero su voz en ocasiones alegre, en otras contundente, y su mirada, fueron suficientes para mostrar la mujer decidida que es.

Por lo pronto, mientras los casos de COVID-19 siguen aplazando algunos sueños, su sino será hacer lo de siempre: “buscarle la vuelta a las cosas” y seguir poniéndole corazón al Laboratorio de Biología Molecular de Guantánamo.

Fuente: Periódico Digital Venceremos

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